Durante mucho tiempo tuve mis redes sociales públicas. Como muchas personas, hubo una época en la que me hacía ilusión tener más seguidores. En ese momento, tener más personas siguiéndome simplemente parecía algo bueno. Nunca me había detenido demasiado a pensar quiénes eran.
Creo que todo empezó por algo que me dijo mi chico. Él nunca ha sido muy de redes sociales y alguna vez me comentó que le parecía demasiado exponerse ante personas que ni siquiera conocíamos. En ese momento no le di demasiada importancia, pero la idea se me quedó en la cabeza. Tiempo después, empecé a preguntarme quiénes eran realmente todas esas personas que me seguían.
Entonces empecé a revisar quiénes eran mis seguidores.
Y me llevé una sorpresa. Había personas que no conocía, cuentas que ni siquiera parecían reales, hombres mucho mayores que yo y gente de la que no recordaba haber tenido nunca ningún tipo de relación. De pronto, ese número que alguna vez me había parecido tan cool se sintió diferente.
Pensé en todas esas personas viendo mis fotos, mis historias, los lugares a los que iba, las cosas que hacía, las personas con las que estaba. Gente que yo ni siquiera sabía que existía tenía acceso a una parte de mi vida. Y me sentí tan vulnerable. No sé si esa sea exactamente la palabra, pero fue una sensación muy parecida. Como si de repente hubiera dejado de ver seguidores y hubiera empezado a ver desconocidos.
Así que comencé a eliminarlos. Uno por uno
También empecé a cuestionar a las personas que sí conocía. Algunas habían sido mis amigos en algún momento, compañeros de escuela o personas con las que alguna vez tuve cierta relación, pero que ya no formaban parte de mi vida. No hablábamos. No nos felicitábamos en nuestros cumpleaños. No reaccionábamos a nuestras historias. Ni siquiera sabíamos realmente qué estaba pasando con el otro.
¿Por qué seguíamos teniendo acceso a la vida del otro?
Seguí eliminando personas hasta quedarme con alrededor de 150 seguidores. Y, curiosamente, no sentí que hubiera perdido algo. Sentí que había recuperado un poco de tranquilidad.
Y esto no significa que ahora piense que solamente debemos tener en nuestras redes a las personas más cercanas. Yo también sigo a personas que no conozco y probablemente nunca conoceré. Hay artistas cuyo trabajo admiro, personas que hablan de temas que me interesan, gente que hace cosas que me inspiran. No necesito tener una relación personal con alguien para querer ver lo que hace.
Pero sí empecé a preguntarme algo que antes nunca había pensado: ¿Por qué quiero que esta persona tenga acceso a mi vida?
Creo que esa pregunta cambió por completo mi manera de ver las redes sociales. Porque durante mucho tiempo pensé que tener más seguidores significaba que más personas estaban interesadas en mí. Y supongo que, de alguna manera, eso resulta atractivo. Nos gusta sentirnos vistos. Nos gusta saber que alguien está mirando lo que hacemos, que alguien encuentra interesante nuestra vida, nuestra apariencia, nuestras ideas o simplemente lo que decidimos compartir. Pero las redes sociales llevaron esa necesidad de ser vistos a un lugar completamente diferente.
Ahora podemos contar exactamente cuántas personas nos están mirando. Seguidores, me gusta, visualizaciones, comentarios, compartidos. Todo puede convertirse en un número. Y quizá por eso es tan fácil olvidar que detrás de ese número hay personas. Personas que conocemos, personas que alguna vez conocimos y personas que no conocemos en absoluto. Y también es fácil olvidar que nosotros somos esas personas para alguien más.
Quizá por eso ahora pienso que el problema nunca fue querer ser vistos. Tal vez eso es algo que todos buscamos de alguna manera. Lo extraño es que ahora podemos medirlo, convertirlo en números y hasta compararlo con los demás. Y entonces me queda una pregunta: ¿en qué momento dejamos de compartir porque queríamos hacerlo y empezamos a compartir porque queríamos ser vistos?